Por qué estamos como estamos, una historia real

Publicado el 9 de enero de 2012 a las 7:58

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Como diría mi estimado Pérez-Reverte, hay días en los que dan ganas de echar el cierre; hacer la maleta, coger el primer vuelo que salga de la terminal internacional de Barajas y dejar atrás este país de caricatura. Hoy es uno de esos días.

La historia: me acerco al hospital de La Paz para donar dieciséis cajas de leche. Se trata de una fórmula especial que le fue recetada al enano, tratamiento que tuvimos que cancelar a las pocas semanas al detectársele una alergia. Como resultado, me encuentro con cerca de 1.500 euros de leche amontonados en mi despensa, leche  que no voy a poder consumir y que a buen seguro a alguien le podría venir muy bien. Puesto en contacto con la unidad de lactodietética del hospital me confirman muy amablemente su disposición a hacerse cargo de la leche. Tan sólo, me aseguran, tengo que acercarme hasta allí y algún celador se encargará de recogerla en mi vehículo y trasladarla para su almacenamiento. Que muy agradecidos y tal porque es un producto caro y viendo cómo están las cosas cualquier ayuda es más que bien recibida.

Fácil y rápido. O eso parecía. Hasta que topé con el encomiable espíritu del trabajador español y más específicamente de la elogiosa actitud de servicio del empleado público. Esa misma predisposición que dispara nuestros niveles de productividad a tasas inimaginables. Esa misma entrega y pasión en el trabajo que ha conseguido que estemos como estamos.

Ya en el hospital empieza mi lento y tortuoso peregrinar de ventanilla en ventanilla. De lactodietética a urgencias, de urgencias al supervisor de planta, del supervisor de planta de nuevo a lactodietética y de ahí, una vez más, al supervisor de planta. Cuando la última barrera parecía vencida, superada una y otra vez la irresistible tentación de mandar todo a freír a espárragos y poner la leche a la venta en eBay, topamos con la iglesia. O mejor dicho, con los sindicatos, los convenios colectivos y la madre que los parió. O, en castellano, con las pocas ganas de trabajar. Porque cuando por fin todo parecía explicado y aclarado (no señor, no vengo a vender nada, todo lo contrario, vengo a donar algo, no, no voy a cobrar nada, le repito que es una donación) y consigo llegar a conserjería ya con todo aprobado para que el amable celador de turno se haga cargo de la mercancía resulta que no, que es imposible. Que su convenio especifica muy claramente que la actividad del cuerpo de celadores se desarrolla específicamente dentro del recinto hospitalario y que de acercarse al estacionamiento nada de nada. Trato de explicar que es una situación excepcional y que al fin y al cabo estamos hablando de la entrega de un producto dirigido a niños lactantes con problemas, que yo sólo quiero ayudar. Que es cosa de un par de minutos. Como quién oye llover. Los cinco, sentaditos, mirando al tendido dejando muy claro que la cosa no va con ellos y que ninguno tiene la menor intención de ser el esquirol que rompa la disciplina obrera frente a las reclamaciones abusivas de la patronal. Y por favor si no desea nada más cierre la puerta al salir que hay corriente. En parte entiendo su malestar, no les culpo; al fin y al cabo mi llegada interrumpió un más que fascinante debate sobre las últimas compras navideñas pendientes. A quién se le ocurre. Y con la hora del desayuno a la vuelta de la esquina como quien dice. ¿Y si me prestan un carrito para traer las cajas yo mismo hasta aquí y así no les molesto, que dieciséis cajas son un puñado de kilos? Imposible, es equipamiento del hospital y tampoco puede salir de aquí. Lo dicho, cierre al salir.

Total, que uno trata de hacer lo que cree correcto y se encuentra luchando contra mil y un impedimentos que terminan por desmoralizarle. Rumiando entre dientes el mosqueo tamaño quince que llevo en ese momento me dirijo a la salida decidido a volver a casita dando por fracasada la operación; es entonces cuando me cruzo con una camilla en la que un chaval de no más de dos años, sedado, entubado, se dirige acompañado de su llorosa madre a la zona de quirófanos. Y recuerdo para qué estoy allí. Y caigo en la cuenta de que no puedo permitir que cuatro impresentables amparados por su inviolable convenio consigan que me vaya como llegué. Resuelto a todo, decido recurrir al primo de zumosol. Me acerco al cercano McDonalds en el que tantas tardes pasé hace unos meses y les cuento la historia para ver si me pueden echar un cable. Como en las pelis, los yankees al rescate. En dos segundos tenía un carrito a la puerta. No gracias, me basto solo, no hace falta que me acompañéis. Dicho y hecho. En tres minutos he descargado el maletero y estoy de nuevo en la puerta del refugio de descanso del cumplidor cuerpo de celadores del hospital. Ah, es usted de nuevo, pues sí que son cajas sí, lactodietética, ¿verdad?, sí, déjelas aquí que ya nos hacemos cargo nosotros. Cierre al salir, por favor.

A la vista del fervoroso entusiasmo que han demostrado en todo momento probablemente no la entreguen hasta mediados de la semana que viene. Pero si no es esta semana será la próxima. Da igual. La leche no caduca hasta dentro de varios meses. Misión cumplida. Toda una aventura, pero vuelvo contento a casa.

Escucho en el telediario lo necesaria que es la reforma laboral para superar la crisis, las posturas enfrentadas entre sindicatos y empresarios. No señores, lo que hace falta no es un nuevo tipo de contrato. Ni modificar las condiciones de despido. Ni más subvenciones. Aquí lo que hace falta son ganas de trabajar. De poner todo de tu parte para que las cosas salgan adelante, ya trabajes en el sector público o en la empresa privada, ya seas jefecillo o currito llano. Y de eso, lamentablemente, vamos muy escasos.