Post-it #27. Sobre el compromiso y la autoexigencia
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Debe ser cosa de la edad. Los años pasan, aparecen las primeras canas y uno empieza a ver las cosas de otra manera. Digo yo que será eso. Porque lo cierto es que últimamente noto que empiezo a perder la paciencia con bastante facilidad ante ciertos comportamientos de mis apreciados congéneres. Será cosa mía, decía, pero tengo la impresión de que, cada vez más, lo de mirar un poco por los demás no es que sea el último punto de nuestra lista de prioridades, es que ni siquiera está en ella. Cada uno a lo suyo y si en mi camino piso el pie a alguien allá él. Que se vaya a contarlo al Sálvame de turno. O en su blog.
Y no, no me refiero a los chavales, que sería lo suyo. Hablo de la gente de mi generación, la de los setentas. La de esos que nos vamos a quedar sin cobrar la pensión por la que cotizaremos como primos durante cuarenta años. La de esos que presumiremos ante nuestros nietos de haber visto a España ser campeona del mundo de fútbol pero no diremos ni pío de haber permitido que la peor generación de políticos de la historia del país y sus acólitos camparan a sus anchas haciendo y (sobre todo) deshaciendo a su antojo. La de esos que, acostumbrados a dejar las cosas pasar y mirar hacia otro lado, hemos adoptado como propio y llevado al extremo de convertirlo en arte el ande yo caliente que oíamos a nuestros abuelos.
La fotografía que ilustra esta entrada no es más que un ejemplo tonto de ese pasotaegoísmo que nos rodea a todos los niveles; ¿que tengo que acercarme a la oficina de Correos? Pues paro a la puerta, como un campeón. Ah, ¿qué cinco metros detrás tengo espacio para estacionar un portaaviones? ¿Que lo mismo entorpezco la circulación o bloqueo la salida de alguno de los vehículos correctamente aparcados? Quita, quita, mejor aquí en doble fila no vaya a ser que me dé un calambre al tener que recorrer tan escalofriante distancia. Si van a ser dos minutos. O media hora. Total, ¿a quién le importa? Yo, a lo mío.
Así nos va. Luego, la culpa es de la Merkel. Claro.
Lo dicho, cosas de un pseudo-viejo cascarrabias.
Google+A raíz del reciente anuncio de Yahoo de que en lo sucesivo sus empleados no podrán teletrabajar me llega la siguiente tira cómica que refleja perfectamente (grande Dilbert, como siempre) la problemática asociada a la adopción de esta modalidad de trabajo: la ausencia de criterio a la hora de identificar las tareas y personas susceptibles de sumarse a ella, la falta de mecanismos objetivos necesarios para supervisar la actividad y productividad del teletrabajador, la desconfianza de los superiores hacia el teletrabajador y los eventuales abusos del empleado ante la falta de dicho control.
Después de muchos años trabajando en una compañía pionera en este campo; de haber tenido la oportunidad de participar en varios proyectos de evaluación y sistematización de los procesos de trabajo asociados a esta modalidad; de haber gestionado equipos en los que buena parte de sus integrantes teletrabajaban y de haber colaborado de modo continuo con equipos y personas que se habían acogido al teletrabajo; después de todo ello, mi visión sobre el teletrabajo tiene muchos claroscuros: estoy plenamente convencido de sus bondades, tanto para la empresa como para el empleado, pero al mismo tiempo la experiencia me ha enseñado que su correcta implantación no es ni mucho menos trivial.
No todas las actividades son susceptibles de desarrollarse adecuadamente desde el domicilio y no siempre se dispone de las herramientas necesarias para desarrollar dicha actividad remotamente. Tampoco es fácil definir e implementar los mecanismos de supervisión adecuados. El factor personal es esencial: no todo el mundo está preparado ni tiene la suficiente disciplina para teletrabajar. Y como para los responsables de equipo no siempre es fácil justificar por qué a un empleado se le autoriza a teletrabajar y a su compañero no, se cae con frecuencia en el error de la generalización, en ese café para todos que tanto daño hace en cualquier ámbito.
En definitiva, contar con un marco de teletrabajo adecuado requiere de un esfuerzo y una labor de análisis que no siempre se desarrolla adecuadamente. Y sin ese ejercicio previo se tienen muchas papeletas para fracasar, como he podido comprobar en primera persona: he vivido en mis carnes situaciones surrealistas. He visto abusos de libro. Y he comprobado como en ocasiones son los buenos, los justos, quienes pagan por pecadores y ven como se les retira la posibilidad de teletrabajar por no haberse hecho bien las cosas.
Pero cuando funciona, funciona muy bien. Con las actividades, herramientas y personas adecuadas el teletrabajo proporciona beneficios muy relevantes tanto a la empresa como al empleado y es por ello por lo que estoy convencido de que el teletrabajo ha llegado para quedarse. Aunque todavía nos quede mucho que aprender en relación a cómo ponerlo en práctica.
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